Disciplina consciente. Tips para aplicarla con tus pequeños

 En la actualidad escolar hablamos de disciplina consciente. Pero...
¿Cómo aplicarla también en casa con nuestros pequeños? 


Es importante recordar que al aplicar estrategias de disciplina, no pedimos a los niños que sean perfectos, que estén ahí sin molestar. Estamos dando forma a sus vidas, enseñándoles valores, enseñándoles respeto.



La disciplina consciente consiste en hacer la vida previsible para vuestro hijo y fijar límites que le hagan sentirse seguro. Consiste en que vuestro hijo sepa qué puede esperar y qué se espera de él, en diferenciar lo que está bien de lo que está mal y en juicio de valores. Y consiste en enseñar al niño a obedecer una determinada serie de normas. Los niños pequeños no son malos a propósito, simplemente sus padres no les han ayudado a aprender la forma correcta de comportarse. En cambio cuando los padres crean estructuras externas para refrenar a sus hijos, les ayudan a desarrollar el control.





La finalidad última de la disciplina consciente es ofrecer a nuestros hijos la posibilidad de aprender a tomar buenas decisiones, a ser responsables, a pensar por ellos mismos y a actuar de una manera socialmente aceptable.

Los doce ingredientes de la disciplina consciente son:



1.- Analiza cuáles son los límites importantes para ti y establece las reglas. Ten muy claro qué es lo que sí y qué es lo que no permites. Más importante aún, sé consistente con estos límites.

2.- Observa tu propio comportamiento para ver qué le estás enseñando a tu hijo. La mejor manera de enseñarles autocontrol emocional es a través de nuestro ejemplo: si tú gritas y avientas cosas cuando te enojas, ¿cómo crees que él va a reaccionar cuando esté molesto?

3.- Escucha lo que dices para asegurarte sea que seas tú la que está a cargo y no tu hijo. Por ejemplo: “Pedro no me deja sentarlo en su sillita del coche” o bien, “María me hace quitarle todas las zanahorias a la sopa”. Recuerda, a final de cuentas, la que aquí manda eres tú.

4.- Siempre que sea posible, evita las circunstancias difíciles. Recuerda que cuando los niños son pequeños, pueden llegar a sentirse abrumados por demasiado estímulo, así que trata de evitar los “demasiados”: demasiado ruido, demasiados niños, demasiado tiempo, demasiada actividad… sólo tú conoces a tu hijo para saber cuánto es suficiente.

5.- Mira la situación a través de los ojos de tu hijo. Hay que ser comprensivos. Si tu bebé vacía todo el salero en el piso, recuerda que no lo está haciendo por molestarte, sino por curiosidad. Es parte de su manera de conocer el mundo. O bien, si dejas que tu hijo salte en el sillón de tu casa, no puedes regañarlo cuando llega directamente a saltar en los sillones de su abuelita. Lo que sí puedes hacer en ambos casos es explicarle qué sí y qué no, cuándo sí y cuándo no.

6.- Elige tus batallas. Una vez más, ponte en los zapatos de tu hijo. ¿Quisieras que alguien te estuviera regañando y corrigiendo todo el tiempo? Piensa acerca de qué es lo más importante para ti y enfócate en eso. ¿Y en qué otras cosas crees que te podrías relajar para hacer la convivencia un poquito más amena?


7.- Ofrécele opciones cerradas. Los niños suelen ser más cooperadores cuando les ofrecemos la oportunidad de elegir. Sin embargo, no te compliques la vida preguntándole: “¿Qué quieres desayunar?” (a menos de que quieras preparar menú tipo restaurante), sino más bien pregunta: “¿Quieres huevo o quesadillas?”. Por otro lado, tampoco le des la opción de contestar sí o no: “¿Ya estás listo para recoger tus juguetes?”, sino más bien pregunta: “¿Por dónde vas a empezar a recoger, por tus muñecas o por las crayolas?”.

8.- No tengas miedo a decir “no”. El decir “no” a aquello que no sea posible o razonable les ayuda en el sentido de aprender acerca de la frustración y la desilusión. A final de cuentas, esto también forma parte de la vida. El decir “no” también les ayuda a entrar en contacto con emociones negativas como enojo y tristeza. Debemos aprovechar estos momentos, no sólo para ayudarles a identificar estos sentimientos, sino también para mostrarles que se vale sentirse de esta manera… pero eso sí, sin perder el control (recuerda el punto #2).

9.- Elimina el mal comportamiento antes de que comience. Cada quien conoce a su hijo. Trata de frenar el mal comportamiento en el momento en el que presientas que va a venir o bien, atácalo justo cuando comience la acción. Por ejemplo, si lleva demasiado tiempo sentado en un restaurante y comienzas a verlo inquieto, no te esperes a que empiece el berrinche. Ahórrate el regaño. Dale unas crayolas o bájalo a dar una vuelta para que se despeje. O bien, si comienza a pelear por el juguete que tiene su amigo, no te esperes al pleito. Llévalo a un lado y ayúdalo a nombrar el sentimiento (sé que te sientes enojado, sé que te sientes triste). Pero al mismo tiempo, recuérdale que esa emoción no es una escusa para comportarse de esa manera: “Sé que estás frustrado, pero no por eso puedes pegar. Si crees que puedes regresar tranquilo, ve a jugar. Si no, nos tendremos que ir a casa”. Recuerda que le estás enseñando a manejar sus emociones.

10.- Elogia el buen comportamiento y corrige o ignora el malo. Este es uno de mis puntos favoritos. Debemos de cambiar nuestro enfoque de lo negativo hacia lo positivo. Sí, nuestros hijos hacen muchas cosas que no deberían y es nuestro deber enseñarles que eso no es lo correcto. Pero también hacen muchas, muchas cosas buenas y a veces se nos olvida resaltar lo que están haciendo bien. En muchas ocasiones, los niños pueden presentar un mal comportamiento porque sienten que es la única manera de obtener nuestra atención; no importa si es en forma de regaño, finalmente, les estamos dando la atención que necesitan. Intentemos hacer lo contrario. Por ejemplo, si los hermanos están jugando y compartiendo, tomemos el tiempo para elogiar este buen comportamiento. No nos esperemos hasta que oigamos los gritos de un pleito para irlos a ver. Es más, si no hay golpes de por medio, es recomendable que en el momento de la discusión, ni siquiera intervengamos nosotros. No les demos esa atención (negativa) y mejor dejemos que ellos solitos se arreglen.

11. No al castigo físico. A final de cuentas, el momento en el que tú le pegas a tu hijo es porque has perdido el control de tus emociones. ¿Qué no se supone que le estamos enseñando a nuestro hijo precisamente a controlarlas? ¿Qué te da la autorización a ti de pegar, pero no a él? El castigo físico es una solución a corto plazo que no enseña nada positivo. Al contrario, le estamos enseñando que se vale pegar cuando nos sentimos frustrados; cuando perdemos el control; cuando no sabemos qué más hacer… Recuerda lo que dice K. C. Theisen: “La mayoría de los niños escuchan lo que dices; algunos niños hacen lo que dices; pero todos los niños hacen lo que tú haces”. Prediquemos con el ejemplo.

12. Recuerda, ceder no significa amar. A algunos papás o mamás les cuesta trabajo ejercer la disciplina por diversas razones: puede ser que tengan miedo de perder el cariño de sus hijos, o a lo mejor trabajan todo el día y no les gusta llamarles la atención en los pocos momentos en los que sí pueden verlos. Sin embargo, recuerda que la idea de ejercer una disciplina consciente no se trata de castigar, sino de enseñarles a nuestros hijos a manejar sus emociones para que tengan un comportamiento adecuado.

  

Información extraída del libro: El secreto de educar niños felices y seguros de Tracy Hogg y Melinda Blau